Cuestión – El “Día del trabajo” y el parteaguas del “Gran confinamiento”.

Cuestión

El “Día del trabajo” y el parteaguas del “Gran confinamiento”

Marco Vinicio Jaime

 

Este viernes, 1º de Mayo de 2020, todos los trabajadores, de Tepic, de Nayarit, de México, y del mundo, se encontrarán unidos; eslabonados con una singular cohesión motora: el deseo histórico e imperecedero, pasado de mano en mano y de generación en generación, de una justa evolución laboral para todos, y aún más en la vigente coyuntura inédita de la devastación económico-productiva del orbe, de desempleo y quiebre, como efecto de la pandemia por coronavirus (Covid-19), que se magnifica exponencialmente con la consabida amenaza a la salud y la vida. El mundo laboral llega hoy a una conmemoración sumamente distinta: con las calles, plazas y avenidas vacías, en el silencio físico de sus proclamas a voz en cuello, de sus mantas y de sus contingentes, pero con gran potencia sonora desde la trinchera ideológica y de convicción de cada cual (en el distanciamiento más profundo, una buena parte de ellos, al interior de sus aposentos contra la propagación de la enfermedad), todas entrelazadas, y al unísono también, de los aguerridos “kamikazes” por necesidad, de los que la desigualdad laboral los coacciona a ganarse “el pan de cada día” en el exterior; parteaguas sin duda, de un antes y un después: en la etapa de oscuridad y caída sin par, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), desde la gran depresión de 1929-1930, que será recordada como “El gran confinamiento”.

 

Con antecedente en el acuerdo del Congreso Obrero Socialista, tomado en su Segunda Internacional celebrada en 1889, luego de la deleznable represión de la huelga de Chicago de 1886, los trabajadores de las distintas naciones del orbe, tienen un día, un día como hoy para recordar que son sujetos de derechos, de beneficios sustanciales en pro de una relación obrero-patrón justa, garante de calidad de vida y desarrollo permanente.

 

En México, la celebración tal y como la hemos visto y vivido en el devenir contemporáneo, tiene verificativo desde 1923, tomando también como refuerzo a su vez su propio “Chicago”: los mártires obreros de Cananea (Sonora) y Río Blanco (Veracruz) de 1906 y 1907 respectivamente a manos del porfiriato, pero con singular inspiración a su vez revolucionaria, en Tepic, Nayarit, en la huelga de la Fábrica textil de Bellavista de 1905, con sus próceres Francisca y Maclovia Quintero, Victoria Arroyo, así como Adelina y Mariana Castañeda, al igual que el imprescindible papel de la comunicación vía la estratégica por inteligente interacción periodística de los hermanos Enrique y Pedro Elías como aporte a la propia emancipación obrera y precursora de la Revolución de 1910.

 

De conformidad, el sindicalismo encuentra su simiente en el anhelo inalienable de justicia e igualdad social, de respeto a la vida y la dignidad humanas; de equidad y fomento de las mejores condiciones laborales para satisfacer a cabalidad las más elementales necesidades del individuo: educación, vivienda, alimentación, vestido y sustento continuos acorde a la evolución socioeconómica de su propio entorno, y las cuales, para el caso del país, se han contenido en la Constitución Política, en particular en el artículo 123 –considerado como el mejor referente de América Latina-, así como derivada, la Ley Federal del Trabajo, resultado todo ello de una lucha que costó vidas y mucho esfuerzo.

 

Sin embargo, el desenvolvimiento sindical ha tenido cambios notables a lo largo del tiempo, permeados entre otros factores elementales, por la influencia política y gubernamental del momento, en la entendible disputa del poder por controlarlo todo, incluyendo las fuerzas sindicales, y estas a su vez aprovechando la coyuntura de su peso para establecer una relación de intereses mutuos, donde ambos obtienen partido. Pero como es obvio de todo arreglo que llega gradualmente a ponderar los intereses cupulares por encima de los representados, el desgaste se hizo patente más temprano que tarde, y el sindicalismo en su mayor parte pareció haber mermado su esencia original para convertirse al igual que el poder público, en un ente hegemónico en constante competencia y rivalidad con el segundo. No obstante, la situación fue capitalizada por el poder a partir de las propias debilidades del sindicalismo que no solo lo menguaría, sino de paso minaría -quizá alevosamente, según no pocas voces-  derechos y conquistas del trabajador, lo que paradójicamente hoy ha logrado detonar también una singular reunificación del trabajador con liderazgos genuinos empeñados en dar vida a un nuevo sindicalismo que regresa a su origen: justicia, bienestar e igualdad social para el trabajador,  porque está escrito en la ley.

 

La batalla se ha ido trasladando a otras entidades federativas con sus respectivas particularidades, donde los trabajadores pues, como es de esperarse, no han visto mayor camino que el de sumarse a la resistencia encabezada por sus propios líderes que están prestos a defenderlos de veras, toda vez que la pobreza, la miseria, la explotación y catástrofes provocadas para lucro de sus crecientes carencias, han ido recrudeciendo y convirtiéndose en caldo de cultivo para el clamor y la rabia del obrero, del sindicalista y del trabajador asalariado, cuya credibilidad entonces en un futuro mejor de todos y para todos, está circunscrita  a perfiles preparados, con oficio, capaces de interpretar y decodificar eficazmente los sentimientos del pueblo desde el obligado nuevo esquema gubernamental y del sindicalismo mismo. ¿Qué tan lejos se estará de alcanzar una política gubernamental -en todos los niveles- que de veras entienda y promueva el bienestar del trabajador en una sola voz y frente transversal, que no escatime recursos ni acciones oportunamente estructuradas, inclusive más allá del cumplimiento irrestricto de la ley, y en el marco actual de la hecatombe sanitaria y económica, del expuesto clamor colectivo vía movilizaciones obligadas y riesgosas manifestaciones públicas? ¿Podría ser hoy, un espacio que también se aprovechara estratégicamente para anunciar un mensaje inclusivo y de aliento y beneficio para todos los sectores, desde obreros, sindicalistas, periodistas -los siempre valientes soldados de la comunicación, y ahora en la urgencia de la situación-, a fin de enriquecer los esfuerzos contra el mal?

 

En lo subsecuente, Nayarit, México y el mundo hoy, primero de mayo, día del trabajo, vivirán seguramente una jornada sui géneris: un sindicalismo unido en su esencia y sustancia primigenias, entre los que, desde hace un tiempo, se caracterizaron por su creciente inconformidad con el estado de cosas actual, dispuestos a dar vida al nuevo sindicalismo reivindicador, y los decrecientes que por el momento no veían peligro alguno al estar sujetos a los dictados del sistema político vigente. La historia dio pues un viraje significativo, abrupto, que exigirá en consecuencia nuevos cánones de política, gobierno, comunicación, societales y de lucha sindical, productiva y de reconstrucción, en pro de tal pervivencia eficaz e inteligentemente unificada que dé a su vez paso a un capítulo que represente realmente “la luz al final del túnel”. ¿Será posible? ¿Qué nuevo acuerdo mundial habrá de regular y poner orden al escenario que se abre paso intempestivamente en medio de la muerte y de la vida, de la luz y la oscuridad? Habremos de atestiguarlo.

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